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Un joven de 24 años asesina al logopeda de su hijo de dos años en Valencia alegando sospechas de abuso sexual. La Policía mantiene todas las hipótesis abiertas mientras el entorno de la víctima defiende unánimemente su trayectoria profesional.
El barrio valenciano de Marchalenes (frecuentemente indexado como Marxalenes) trata de asimilar un estallido de violencia que ha quebrado su rutina. Lo que a primera hora de la tarde del lunes 15 de junio parecía una jornada ordinaria de consultas médicas y terapias infantiles se transformó, en cuestión de minutos, en el escenario de un crimen complejo. Vicente D. C., un logopeda de 32 años con una reputada y tranquila trayectoria en la zona, murió tras ser degollado en su propio despacho. El autor confeso del homicidio es David G. S., un joven de 24 años y padre de uno de los menores que asistía a la clínica.
La llamada de alerta no entró a través de los servicios de emergencia de la capital, sino desde la comisaría de la Policía Nacional de Burjassot, un municipio colindante. Alrededor de las 18:15 horas, David G. S. cruzó el umbral de las dependencias policiales portando a su hijo de dos años en brazos. Tenía la ropa y las manos visiblemente manchadas de sangre. Ante los agentes de guardia, el joven confesó de manera fría haber atacado al logopeda de su hijo poco antes de las 17:15 horas, tras regresar de forma imprevista al centro médico antes de que finalizara la sesión.
Una hipótesis fundamentada en una sospecha
Según el relato inicial del propio detenido trasladado a los investigadores, el detonante del crimen fue lo que presenció al irrumpir en la consulta. El agresor aseguró haber encontrado a su hijo de dos años desprovisto de pantalones y sin el pañal. De acuerdo con su testimonio, interpretó la escena de inmediato como un episodio de abuso sexual flagrante en contra del menor.
La reacción descrita por el detenido fue inmediata: esgrimió una navaja con una hoja de 15 centímetros de longitud y asestó un corte profundo y mortífero en el cuello del especialista. El sanitario, según constataron las primeras inspecciones, falleció prácticamente en el acto. A pesar de los intentos del logopeda por negar de forma reiterada la acusación en los instantes previos al fatal desenlace, la agresión consumó su cometido. El arma del crimen fue hallada posteriormente por los agentes de la Policía Científica tirada en el suelo, justo al lado del cadáver.
A las puertas de la clínica, ubicada entre las calles de San Pancracio y del Ingeniero La Cierva, los momentos posteriores al asesinato sumaron confusión. Una madre del barrio acudió puntual a la cita de las 17:15 horas acompañada de su hijo. Al llamar al timbre del centro, descubrió con extrañeza que la puerta no la abría Vicente, sino un joven visiblemente alterado y con el rostro enfadado. «Vicente no está», zanjó el hombre antes de cerrar el acceso, recoger al menor de dos años y emprender la huida hacia Burjassot.
La investigación policial: Prudencia institucional
La Jefatura Superior de Policía de la Comunitat Valenciana ha decretado la máxima cautela operativa en torno al caso. Aunque el detenido utilizó la sospecha de los abusos deshonestos como justificación de su conducta criminal, el Grupo de Homicidios de la Brigada Provincial de Policía Judicial insiste en que «no se descarta ninguna hipótesis» como móvil real del suceso.
Las autoridades judiciales esperan los resultados definitivos de la autopsia que se practica en el Instituto de Medicina Legal de Valencia para contrastar los detalles forenses del fallecimiento. Paralelamente, se examinan los dispositivos tecnológicos del centro y de la víctima. David G. S. ha pasado las primeras noches en las celdas de seguridad y su puesta a disposición judicial está programada para las próximas horas.
El llanto de un barrio y el chat de las madres
Mientras la vía pública permanece acordonada por dotaciones de las fuerzas de seguridad, Marchalenes se ha convertido en un hervidero de consternación. Los padres de Vicente D. C. permanecieron durante horas en las inmediaciones de la clínica, rotos por el dolor ante un desenlace imprevisto. En el vecindario era de dominio público que el logopeda, caracterizado como un hombre «majo y sencillo», se encontraba organizando los preparativos de su próxima boda con su pareja.
Las reacciones de las familias cuyos hijos eran pacientes habituales de la consulta divergen de forma absoluta de la versión ofrecida por el presunto homicida. En los grupos vecinales y foros de comunicación de las madres impera la incredulidad.
Mayte, madre de un menor de seis años que llevaba dos ejercicios asistiendo a las terapias de la víctima, relató el impacto emocional del suceso: «No pegué ojo en toda la noche. Le he preguntado detalladamente a mi hijo si le hacía cosas raras o si le tocaba y me ha dicho rotundamente que no. Me explicó que Vicente solo le sostenía de la mandíbula o le masajeaba los hombros, que son ejercicios completamente normales de la logopedia». La progenitora añadió que examinó minuciosamente los dibujos recientes del niño y que jamás detectó retrocesos, miedos o alteraciones en su conducta ordinaria a la hora de entrar a la consulta.
El caso abre un complejo escenario judicial. Por un lado, la constatación de un homicidio confeso con ensañamiento en pleno núcleo urbano; por el otro, la obligatoriedad de la Policía de verificar de forma rigurosa si existía algún indicio real detrás de la grave acusación del agresor o si, por el contrario, la tragedia responde a una trágica e infundada interpretación que ha destruido de manera irreversible a dos familias.
