La lucha contra la radicalización violenta es una prioridad creciente para las Fuerzas de Seguridad en España. Según una investigación del diario ABC, durante 2024 los Mossos d’Esquadra identificaron hasta 159 posibles casos de radicalización dentro de centros penitenciarios, de los cuales aproximadamente un 60 % estaban vinculados al yihadismo.
Detección temprana: el papel de la “policía preventiva”
El sargento Pol C. Aritzeta, de la Comisaría General de Información (CGI), enfatiza la importancia de detectar conductas radicalizantes en sus primeras etapas. “Hablamos de comportamientos que se salen de la normalidad”, como un uso más agresivo del lenguaje, cambios en las interacciones sociales, consumo de narrativa violenta o símbolos extremistas. Identificar estos patrones permite intervenir desde ámbitos educativos, sociales o familiares antes de que se conviertan en casos que requieran intervención policial.
Este enfoque, basado en el trabajo en red, involucra a escuelas, comunidades musulmanas y policías de proximidad, ofreciendo una respuesta preventiva frente a la radicalización.
Los desafíos del entorno penitenciario
Las prisiones presentan retos particulares. Por un lado, están los internos ya condenados por terrorismo, que suelen salir bajo monitoreo judicial. Por otro, existen internos vulnerables que, por su entorno o contexto, podrían ser susceptibles al discurso extremista.
Aritzeta destaca que, aunque la vigilancia y los protocolos son estrictos, “lo que ocurre en prisión no tiene por qué tener recorrido fuera”. En muchas ocasiones, los comportamientos observados dentro de los centros no se traducen en acciones delictivas una vez que el interno recupera su libertad. Esa desconexión entre entorno carcelario y retorno a la comunidad es alentadora desde un punto de vista operativo.
¿Por qué algunos reclusos no continúan con la radicalización?
El sargento aporta claves explicativas: muchas personas adoptan conductas radicales por pertenencia o por entorno, sin un arraigo real en una ideología. Cuando desaparece ese contexto —como pasa al salir de prisión— desaparece también el interés. Además, muchas veces se trata de personas con problemas cognitivos o psicológicos, que no desarrollan una narrativa coherente detrás de su discurso violento.
Otro riesgo latente es la influencia dentro del microcosmos penitenciario —como algunas facciones radicales o violentas— que pueden ofrecer protección o estatus. Sin embargo, esa funcionalidad desaparece una vez fuera del centro.
Conclusión: prevención integrada y realista
La experiencia de los Mossos d’Esquadra muestra que la prisión es un espacio crucial para identificar potenciales casos de radicalización, pero que no toda radicalización dentro del penal impulsa comportamientos violentos en libertad. La detección temprana, la coordinación interinstitucional y el seguimiento adecuado tras la liberación son fundamentales para frenar el ciclo de radicalización.
Este enfoque equilibrado, que combina vigilancia con prevención social, refuerza la importancia de una política integral y matizada frente a un fenómeno complejo.
