Uso responsable de los servicios de emergencias
Cada aviso innecesario consume tiempo, personal y recursos que pueden marcar la diferencia entre la vida y la muerte en una verdadera urgencia.
Los servicios de emergencia existen para dar una respuesta rápida y eficaz cuando una persona se encuentra en una situación de riesgo real. Sin embargo, el uso inadecuado de ambulancias, patrullas policiales o dotaciones de bomberos provoca un problema silencioso pero muy grave: la saturacion de unos recursos que
siempre son limitados.
Pensemos en un ejemplo sencillo. Si se solicita una ambulancia por un golpe leve en la mano, cuando la persona puede desplazarse por sus propios medios a un centro sanitario, ese recurso deja de estar disponible para una parada cardiorrespiratoria, un accidente grave o una urgencia tiempo-dependiente. Ese desajuste provoca que lo que podría resolverse con una llegada en cinco minutos termine demorándose quince o veinte, con consecuencias potencialmente irreparables.
El problema no se limita a la ciudadanía. También existe un factor interno que no debe ignorarse: la gestión de los recursos desde las salas de coordinación. La falta de filtros claros, protocolos bien definidos y una adecuada formación del personal que recibe las llamadas y moviliza los medios repercute directamente en la calidad del servicio. Quien atiende una emergencia y decide qué recurso enviar debe contar con preparación específica, criterio técnico y capacidad para priorizar con rigor.
Esta realidad afecta igualmente al resto de servicios.
Bomberos, policías y sanitarios conviven a diario con avisos evitables o claramente sobredimensionados. En el ámbito policial, por ejemplo, no son pocas las ocasiones en las que una patrulla es enviada por molestias vecinales que quizá podrían haberse intentado resolver previamente mediante el diálogo. No hablamos de conflictos reiterados, de situaciones de riesgo o de casos en los que exista una negativa persistente, sino de incidentes puntuales en los que se han perdido las relaciones humanas más básicas entre vecinos.
Mientras una patrulla media en una molestia menor que podría haberse reconducido con una conversación razonable, esa misma unidad puede estar dejando de atender con inmediatez una reyerta multitudinaria, un episodio de violencia de género o cualquier otro servicio de especial gravedad. Lo mismo sucede con una ambulancia inmovilizada en un aviso no urgente o con bomberos movilizados para situaciones que no requieren una respuesta inmediata.
La solución pasa por dos caminos inseparables.
El primero es mejorar la coordinación: más formación, más especialización y mejores criterios de clasificación y priorización en las salas de comunicaciones. El segundo es la concienciación social. La ciudadanía debe comprender que pagar impuestos no equivale a utilizar los servicios de emergencia a conveniencia, sino a preservarlos para cuando de verdad sean necesarios.
Esa concienciación debe comenzar desde edades tempranas: charlas en centros escolares, trabajo conjunto con AMPAS, campañas en redes sociales y acciones divulgativas impulsadas por las propias administraciones y cuerpos de emergencia. Cuantas más personas entiendan el valor real de estos recursos, mejor será su utilización.
Hacer un buen uso de los servicios de emergencia no es solo una cuestión de educación cívica; es una responsabilidad colectiva. Porque el día que una ambulancia o una patrulla no llegue a tiempo, quizá descubramos demasiado tarde que el problema no era la falta de medios, sino el mal uso que hicimos de ellos.
«Concienciar, priorizar y coordinar mejor es proteger a toda la sociedad.«
JA. Jurado «Five»
